Aún Nos Quedan Bailes

La historia de Johnny: siempre tenemos algo que dar

Hay historias que impresionan por lo extraordinario de lo que ocurre en ellas.

Y hay otras que hacen justo lo contrario. Nos recuerdan que algunas de las cosas que más pueden importar en la vida empiezan con algo aparentemente pequeño. Una frase. Una bolsa de supermercado.

Ilustracion: Johnny coloca una nota escrita a mano en la bolsa de compra de una clienta en la caja.

Un poco de tiempo al terminar el día. Una persona que piensa en otra persona.

La historia de Johnny pertenece a esas últimas. Te recomiendo que, si puedes, escuches el audio que acompaña este artículo. No porque necesites hacerlo para entender lo que voy a contarte —aquí encontrarás la historia y suficiente contexto para seguirla—, sino porque hay historias que tienen otra fuerza cuando se escuchan completas. Y esta es una de ellas.

Johnny embolsaba la compra

Johnny tenía 19 años y trabajaba en un supermercado. Su trabajo consistía en embolsar la compra de los clientes. Además, Johnny tenía síndrome de Down.

Un día asistió a una sesión de formación que impartía Barbara Glanz a varios miles de trabajadores de una cadena de supermercados: cajeros, camioneros, reponedores, personas que atendían a los clientes y empleados que realizaban todo tipo de tareas cotidianas. Barbara habló de una idea bastante sencilla. Cada encuentro con una persona puede ser una oportunidad para dejar algo bueno. Un recuerdo.

Una palabra. Un gesto. Algo que haga que esa persona continúe su día un poco mejor de como llegó. Terminó la sesión y dejó un número de teléfono por si alguno de los asistentes quería hablar posteriormente con ella.

Un mes después recibió una llamada. Era Johnny. Le contó que había estado pensando en aquello que había escuchado. Y había un problema.

Johnny no tenía demasiado claro qué podía hacer él. Al fin y al cabo, pensaba, era el muchacho que metía las compras en las bolsas.

Pero siguió pensando. Hasta que tuvo una idea.

¿Qué puedo hacer yo?

Ilustracion: el padre y Johnny preparan e imprimen las frases en el escritorio de casa, de noche.

Johnny decidió que cada noche, cuando llegara a casa, buscaría una frase para entregar a los clientes al día siguiente. Algo positivo. Un pensamiento. Un recordatorio de que hay cosas buenas en la vida que a veces pasamos por alto.

Y si no encontraba una frase que le gustara, la inventaría él.

Su padre le ayudaba. Preparaban las frases en el ordenador, las imprimían y después Johnny las recortaba. Una por una. Y las firmaba.

Preparaba cientos. Al día siguiente llevaba aquella pequeña pila de papeles al supermercado.

Cuando terminaba de embolsar la compra de un cliente, colocaba uno encima de los productos.

Entonces hacía algo más. Se detenía. Miraba a la persona a los ojos. Y le explicaba que había puesto una frase en su bolsa y que esperaba que le ayudara a pasar un buen día.

Después le daba las gracias por haber ido al supermercado. Podemos leer esta historia deprisa y quedarnos simplemente con la ocurrencia: «Qué bonito. Ponía frases en las bolsas.»

Pero creo que entonces nos perderíamos casi todo. Porque la historia había empezado mucho antes de que aquel papel llegara a la bolsa. Había empezado la noche anterior.

Johnny pensaba en ellos antes de conocerlos

Esto es quizá lo que más me interesa de toda la historia.

Johnny sabía que al día siguiente pasarían personas por delante de él. No sabía exactamente quiénes serían. No conocía sus problemas. No sabía si vendrían contentas, preocupadas, cansadas, solas, con prisa o simplemente haciendo la compra de todos los días.

Pero pensaba en ellas. Y dedicaba una parte de su noche a preparar algo para esas personas. Buscaba la frase. Si no la encontraba, la inventaba.

Necesitaba ayuda de su padre. Imprimía. Recortaba. Firmaba.

Lo preparaba todo. Y al día siguiente lo entregaba. Había una decisión detrás: Quiero hacer algo bueno por las personas que se van a encontrar conmigo mañana.

Para mí, ahí está una parte esencial de la historia. No en el papel. En la intención. En pensar en el otro antes de encontrarse con él.

En no preguntarse únicamente qué voy a recibir mañana, cómo será mi jornada o cuándo terminaré de trabajar. Sino también: ¿Qué puedo poner yo en este día?

Y empezaron las colas

Ilustracion: la cola de clientes recorre el pasillo hasta la caja donde trabaja Johnny.

Algún tiempo después ocurrió algo que nadie había organizado.

El gerente del supermercado observó que una de las filas de cajas era mucho más larga que las demás. Era la fila donde trabajaba Johnny. Llegaba hasta el pasillo de los congelados.

El gerente pidió que abrieran más cajas. Lo normal hubiera sido que los clientes se cambiaran inmediatamente.

Pero no quisieron. Preferían esperar. Querían pasar por donde estaba Johnny.

Una mujer explicó que antes hacía la compra una vez por semana y que ahora iba prácticamente todos los días porque quería recibir la frase de Johnny. Pensemos un momento en esto. No estamos hablando de un premio. Ni de un descuento.

Ni de un regalo de gran valor económico. Era un papel. Una frase.

Pero tampoco era solo un papel.

La gente sabía que alguien había pensado en aquello. Que lo había preparado. Que lo había recortado. Que lo había firmado.

Y que después se lo entregaría personalmente. Había algo de Johnny dentro de aquella frase. Y eso cambia las cosas.

El valor de lo que damos no puede medirse solo desde fuera

A veces evaluamos lo que damos únicamente por su tamaño visible. Cuánto dinero. Cuántas horas. Cuántas personas.

Qué repercusión. Qué resultado.

Pero quizá necesitamos otra forma de medir. Porque no cuesta lo mismo dar algo a todas las personas. Un millón de euros es una cantidad enorme.

Pero si alguien tiene mil millones, representa una proporción muy diferente de sus recursos que un euro para una persona que tiene mil. Lo mismo ocurre con el tiempo. Con las fuerzas. Con las capacidades.

Con el esfuerzo. Con la atención. Hay cosas que para una persona pueden resultar sencillas y para otra requieren muchísimo.

Por eso, el valor de lo que damos no se mide solamente por su tamaño visible. También por lo que ponemos de nosotros al darlo. Y eso importa mucho en la historia de Johnny. Porque tenía síndrome de Down.

No hace falta disimularlo. Ni evitarlo. Ni convertirlo en un detalle secundario para ser políticamente correctos. Forma parte de la historia.

Su padre tenía que ayudarle a preparar las frases. No siempre encontraba lo que quería decir. Algunas veces tenía que inventarlo. Después tenía que preparar los papeles, recortarlos y firmarlos.

Y repetir el proceso. Lo que para otra persona podía haber sido relativamente sencillo suponía para él un esfuerzo determinado. Y eso estaba dentro del regalo. No convierte a Johnny en alguien digno de lástima.

Todo lo contrario. Nos permite apreciar mejor lo que estaba haciendo.

Cada uno da de lo que tiene

Ilustracion: personas muy distintas en circulo, cada una ofreciendo algo diferente.

Hay una frase muy sencilla que me gustaría que formara parte de Aún Nos Quedan Bailes: Siempre tenemos algo que dar. No todos tenemos lo mismo. Ni tenemos que dar de la misma manera.

Una persona puede disponer de mucho dinero y utilizar parte de él para hacer cosas buenas. Otra puede tener experiencia. Otra tiempo. Otra conocimientos.

Otra contactos. Otra una habilidad concreta. Otra sabe escuchar. Otra acompaña especialmente bien.

Otra sabe enseñar. Otra cocina para alguien. Otra sabe arreglar algo. Otra puede acercar en coche a una persona que lo necesita.

Otra puede llamar. Otra puede sentarse a tomar un café. Otra puede decir una frase.

No tenemos que comparar todas esas cosas constantemente.

Cada uno da desde lo que tiene.

Y también desde lo que es. El problema empieza cuando creemos que, porque no podemos hacer algo enorme, no podemos hacer nada que importe.

La historia de Johnny contradice esa idea de una manera preciosa.

Lo pequeño no siempre es pequeño

Ilustracion: unas manos entregan una nota de papel muy pequena que brilla.

Johnny entregaba un papel. Desde fuera, poca cosa.

Pero una mujer empezó a ir casi todos los días al supermercado para recibirlo. ¿Era pequeño entonces? ¿Quién decide cuánto vale un gesto? Quien da puede conocer su esfuerzo.

Pero no siempre puede conocer lo que aquello significa para quien lo recibe.

Tal vez una llamada que para nosotros dura cinco minutos sea la única conversación tranquila que alguien tenga ese día.

Quizá algo que aprendimos hace treinta años y que damos por supuesto sea exactamente lo que otra persona necesita comprender.

Puede que una recomendación abra una puerta. Que una presentación entre dos personas termine en amistad. Que una conversación ayude a alguien a tomar una decisión. Que una palabra permanezca mucho más tiempo de lo que imaginamos.

No hace falta romantizarlo. No todas las frases cambian una vida. No todos los gestos producen resultados extraordinarios.

Pero tampoco deberíamos cometer el error contrario: pensar que algo carece de valor simplemente porque parece pequeño.

Y entonces ocurrió algo todavía más interesante

Para mí, esta es una de las partes más hermosas de toda la historia. Lo que hacía Johnny empezó a contagiarse. No en el sentido de que los demás trabajadores empezaran también a introducir frases en las bolsas. Eso hubiera sido simplemente copiarlo.

Ocurrió algo mejor.

Cada uno comenzó a encontrar su propia manera.

Cuando en la floristería quedaba alguna flor que antes se habría tirado, empezaron a buscar por el supermercado a alguna mujer mayor o a alguna niña para regalársela. Otros empleados encontraron sus propios pequeños detalles. La actitud de Johnny había provocado una pregunta en los demás: ¿Y yo qué puedo hacer?

Eso me interesa muchísimo para Aún Nos Quedan Bailes. Porque no quisiera que ANQB fuera solamente un sitio donde vienes a recibir cosas. Un artículo. Un audio.

Un recurso. Un curso. Una conversación. Una comunidad.

Quiero que recibamos, naturalmente. Todos necesitamos recibir.

Pero también me gustaría que aquí sucediera algo parecido a lo que ocurrió alrededor de Johnny. Que el bien genere más bien. Que una idea que alguien recibe aquí termine llegando a su familia. A un amigo.

A un vecino. A alguien que está atravesando una dificultad. A una asociación. A una comunidad.

A alguien que ni siquiera conoce Aún Nos Quedan Bailes.

No hace falta que todos hagamos lo mismo. Precisamente la historia demuestra lo contrario.

Johnny encontró su forma. Los demás trabajadores encontraron la suya. La pregunta no es: ¿Cómo puedo parecerme a Johnny?

La pregunta es: ¿Cuál es mi manera?

Aún puedo dar

Dentro de Aún Nos Quedan Bailes hay una idea que para mí tiene cada vez más importancia: Aún puedo dar. Y conviene explicar bien lo que significa. No quiere decir:

«A ver si todavía conseguimos ser útiles.» Ni: «A pesar de la edad, aún servimos para alguna cosa.» No.

No estamos pidiendo permiso a nadie para tener valor. Tampoco necesitamos demostrarlo. Aún puedo dar significa algo mucho más sencillo y, a mi juicio, mucho más digno: Tengo algo. Y alguna parte de eso que tengo puede hacer bien a otra persona.

Tal vez cambie con los años lo que puedo ofrecer. Puede cambiar la fuerza. El tiempo. El dinero.

Las responsabilidades. La salud. El trabajo. Los conocimientos que necesita el mundo.

Pero cambiar la forma de dar no significa dejar de tener algo que dar. Ese es uno de los «bailes» que quiero que descubramos juntos.

Y también: lo que sostiene por dentro

Ilustracion: un sillon reclinable vacio en el salon y una puerta abierta al fondo.

Pero hay otra dimensión de esta historia que no quiero dejar fuera.

La historia de Johnny procede de una predicación. Y en su contexto aparece una imagen que me parece provocadora: el sillón reclinable. No porque sentarse sea malo. Ni porque descansar sea malo.

Ni porque haya nada malo en ver una serie, una película, un partido o pasar una tarde tranquilamente en casa.

A mí no me interesa una vida en la que todo tenga que ser productivo. También necesitamos descanso. Placer. Silencio.

Diversión. No hacer nada de vez en cuando. El problema es otro. ¿Qué ocurre cuando la vida se va reduciendo poco a poco a trabajar para llegar al descanso, descansar para volver al trabajo y llenar todos los espacios disponibles con comodidad y entretenimiento?

¿Qué pasa si dejamos de mirar alrededor? Si dejamos de relacionarnos. Si dejamos de preguntar. Si dejamos de salir.

Si dejamos de dar. Si dejamos de preguntarnos para qué estamos utilizando el tiempo que tenemos. La predicación de la que procede la historia termina con una frase muy clara: «Nuestra asignación divina, nuestro propósito por el cual nacimos, todo aquello que Dios quiere que seamos está justamente al otro lado del sillón reclinable.»

Es una frase de fe. Y quiero conservarla como tal. Para quien cree en Dios, puede abrir una pregunta muy profunda: ¿Para qué puede seguir contando Dios conmigo?

No necesariamente mañana. Hoy. Con la edad que tengo. Con la salud que tengo.

Con mis circunstancias. Con mis posibilidades. Con mis conocimientos. Con mis recursos.

Con mis límites también. ¿Qué tengo delante? ¿Quién tengo delante? ¿Qué puedo hacer con ello?

Eso forma parte de otro espacio importante de Aún Nos Quedan Bailes: Lo que sostiene por dentro. No porque tengamos que convertir cualquier gesto en una obligación religiosa. Sino porque para muchas personas la fe forma parte precisamente de la respuesta a una de las preguntas más antiguas que podemos hacernos:

¿Para qué estoy aquí?

Una vida con propósito no tiene que ser una vida espectacular

«Propósito» es una palabra que a veces hemos hecho demasiado grande. Parece que para tener propósito haya que crear una fundación, escribir un libro, montar una empresa o emprender una gran misión.

Johnny estaba embolsando la compra. Y allí encontró una respuesta.

Quizá esto también sea importante.

Puede que nuestra aportación no esté en algún lugar lejano esperando a que la descubramos. Puede estar dentro de la vida que ya tenemos. En nuestra familia. En la calle.

En el trabajo. En la parroquia. En una asociación. En una comunidad.

En un grupo de amigos. En una conversación.

Quizá no necesitamos preguntarnos siempre: «¿Cuál es la gran misión de mi vida?»

A veces puede bastar con: ¿Quién hay delante de mí? Y después: ¿Qué tengo yo que pueda hacerle bien?

Johnny contestó con unas frases. La respuesta de cada uno será diferente.

Recibir y dar

Hay etapas en las que damos mucho. Y otras en las que necesitamos recibir mucho. Incluso pueden ocurrir las dos cosas a la vez. Una persona puede necesitar ayuda para algunas cosas y ser extraordinariamente valiosa para otras.

Puede necesitar que la acompañen y, al mismo tiempo, saber escuchar mejor que nadie. Puede tener menos fuerza física y muchísima experiencia. Puede atravesar una dificultad y continuar siendo una persona generosa.

No tenemos que elegir entre ser quien ayuda y quien necesita ayuda. La vida no es tan sencilla.

Quizá una comunidad de verdad sea precisamente aquella donde podemos hacer ambas cosas sin vergüenza. Recibir cuando necesitamos recibir. Dar cuando tenemos algo que dar. Y no convertir ninguna de las dos cosas en una competición.

¿Qué ponemos nosotros en la bolsa?

Hay una imagen de esta historia que me gustaría conservar.

Johnny sabía que las personas se irían del supermercado llevando una bolsa. Y decidió poner algo más dentro.

Tal vez nosotros podamos hacernos una pregunta parecida.

Las personas pasan continuamente por nuestra vida.

Algunas durante años. Otras durante unos minutos. Familia. Amigos.

Compañeros. Vecinos. Personas con las que hacemos una gestión. Alguien con quien compartimos un ascensor.

Una mesa. Una sala de espera. Una comunidad como esta. ¿Qué se llevan después de encontrarse con nosotros?

No pretendo que vivamos permanentemente intentando dejar grandes enseñanzas a los demás. Sería agotador. Y probablemente insoportable para quienes nos rodean.

Hablo de algo más sencillo. Atención. Respeto. Generosidad.

Interés. Una palabra. Una ayuda cuando podemos prestarla. Un poco de lo que tenemos.

Quizá ese sea uno de nuestros próximos bailes

Aún Nos Quedan Bailes nació precisamente de una idea. Lo vivido importa. Muchísimo. Lo que hemos hecho, disfrutado, aprendido, construido y compartido forma parte de nosotros.

Que nos quiten lo bailado.

Pero la frase no termina ahí. Porque aún nos quedan bailes. Y algunos de esos bailes tendrán que ver con lo que queremos disfrutar. Otros con lo que queremos aprender.

Otros con las personas que queremos tener cerca. Y algunos, quizá muchos, con lo que todavía queremos dar. No porque tengamos que justificar nada. Porque estamos vivos.

Porque tenemos algo. Porque hay personas alrededor. Y porque quizá una de las formas más hondas de disfrutar de lo que todavía nos queda sea conseguir que algo bueno de nosotros también alcance a alguien más.

Johnny lo hizo con una frase dentro de una bolsa. Nosotros tendremos que encontrar nuestra propia manera.


Ilustracion: personas de distintas edades conversando alrededor de una mesa.

Antes de irte, quizá quieras quedarte con estas preguntas

No hace falta responderlas deprisa. Puedes simplemente llevarlas contigo. 1. ¿Qué tienes hoy —experiencia, tiempo, conocimientos, dinero, atención, relaciones, capacidad de escuchar o cualquier otra cosa— que podría hacer bien a otra persona? 2. ¿Hay algo que a ti te parece pequeño, pero que quizá tenga mucho más valor para quien lo recibe de lo que imaginas?

3. Si tuvieras que encontrar tu propia «frase en la bolsa», sin copiar la de Johnny, ¿cuál podría ser tu manera concreta de hacer bien a las personas que pasan por tu vida? 4. Y si la pregunta forma parte de tu fe: ¿para qué crees que Dios puede seguir contando contigo en esta etapa de tu vida? Si formas parte de la comunidad, me encantará que compartas tu respuesta. No hace falta que sea extraordinaria. Precisamente de eso trata esta historia: de descubrir que muchas veces el bien empieza en algo muy concreto.


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La historia de Johnny: siempre tenemos algo que dar

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