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Hay una frase que escucho mucho a mi edad: «a estas alturas ya no se hacen amigos nuevos». Yo no la compro. Es verdad que cuesta más que a los veinte —ya no hay un patio de colegio ni una oficina llena de gente—, pero también es verdad que ahora elegimos mejor. Un amigo a los sesenta y pico no es un compañero de circunstancias: es alguien que de verdad te apetece tener cerca.
Con la jubilación se estrecha el círculo: menos rutinas compartidas, amigos que se mudan, otros que se van apagando. Y está el orgullo: a nadie le gusta sentirse el nuevo en un grupo. Pero la soledad no es un destino, es una inercia. Y las inercias se rompen con gestos pequeños y repetidos.
Hacer amigos nuevos está bien; cuidar a los de siempre, mejor. Algunas cosas que a mí me funcionan:
Es normal. Prueba con esto: apúntate a una sola actividad este mes, solo una. Ve tres veces antes de decidir si te gusta. Y recuerda que todo el mundo en ese grupo fue nuevo alguna vez.
Los amigos no caen del cielo a ninguna edad, pero a la nuestra sabemos algo que a los veinte no sabíamos: que merece la pena el esfuerzo. Si quieres practicar, empieza aquí: cuéntanos en La Cafetería qué afición te gustaría compartir con gente. Igual encuentras a tu próximo amigo sin salir de casa.
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