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Estos diez consejos no los escribo desde la teoría. Hace cinco meses mi cuerpo me dio un aviso serio, un ictus, y desde entonces he tenido que aprenderlos a la fuerza. No lo cuento para presumir ni para dar lástima: lo cuento como ejemplo de lo que pasa cuando uno no se cuida, y de lo que pasa cuando empieza a hacerlo.
Yo comía demasiado y mal, y había acumulado mucho sobrepeso. La vida laboral me llevó a sentarme muchas horas, y entre eso y los malos hábitos, el cuerpo acabó pasando factura. Desde hace cinco meses como bien, con orden, sin dietas milagro: he perdido diez kilos. Se nota, y me lo nota la gente.
Este no me dio problemas a mí, pero lo veo en gente cercana: la boca se deja para lo último y luego vienen los disgustos. Una revisión al año evita muchos males. Es de esos cuidados pequeños que sostienen todo lo demás.
El ejercicio no me disgustaba, pero lo dejé. Años de silla, poco movimiento, y el cuerpo se fue apagando. Cuando me dio el ictus no podía apenas andar: era como un bebé aprendiendo, con todo el lado derecho paralizado. Todavía voy despacio, pero ya camino unos cinco kilómetros al día. Poco a poco, sin heroicidades. El movimiento es vida, también cuando se empieza desde cero.
Este me lo salté durante años: no iba nunca. Y por eso me dio un ictus. El médico me lo dejó claro: si no quería que me diera otro, tenía que cambiar mi estilo de vida. Prácticamente hacer todo lo contrario de lo que hacía: en la alimentación, en el descanso, en las horas de acostarme y levantarme. En casi todo.
Con los años el cuerpo la aprovecha peor, y si además se sale poco, los niveles bajan. Un análisis de sangre lo dice en un minuto. Pregunta en tu próxima revisión: es un cuidado sencillo con mucho efecto.
Parece menor hasta que dejan de responder. Unos pies cuidados —uñas, durezas, calzado cómodo— son los que te llevan a caminar esos cinco kilómetros. No los des por sentados.
Siempre he sido muy búho. De joven podía acostarme a las tres de la mañana y levantarme a las nueve tan tranquilo; en cambio, acostarme a las diez de la noche y levantarme a las cinco me resultaba imposible. Dormía tarde y mal, y eso también pasó factura. Ahora procuro estar en la cama como muy tarde a las doce y levantarme a las ocho: entre siete y ocho horas, sin problema. Me pongo música relajante y antes de quince minutos estoy dormido. Quien fue búho toda la vida también puede aprender a dormir.
Se pierden despacio y uno se acostumbra sin darse cuenta: subir la tele, pedir que repitan, dejar de leer por la noche. Una revisión a tiempo lo pone todo en su sitio. Ver y oír bien es seguir participando.
La salud también es gente. Las conversaciones, las risas, que alguien te espere en algún sitio: eso sostiene tanto como caminar. No dejes que la agenda se vacíe de personas.
No es mi caso, pero lo he visto de cerca: a nuestra edad, cada año sin tabaco se nota en la respiración, en la tensión, en todo. Nunca es tarde para intentarlo, y el cuerpo lo agradece rápido.
Cinco meses después del ictus, el progreso ha sido bastante evidente, hasta para las personas que me ven. No volví a ser el de antes de golpe: fue poco a poco, un hábito detrás de otro. Por eso cuento esto como ejemplo, sin adornos: cuidarse no es una moda de la edad, es lo que permite seguir bailando.
¿Hay algún hábito de estos que tengas pendiente, de esos que sabes que deberías cambiar? Si te apetece contarlo, te esperamos en La Cafetería: aquí nadie presume de cuidarse perfecto, pero nos animamos unos a otros.
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